domingo, enero 14, 2007

Para mi abuelo (II) - La venganza de Don Mendo

Ya que me he animado estos días a revitalizar el blog, prosigo con mis revivals...
A continuación incluyo algunos fragmentos de la obra "La venganza de Don Mendo" de Pedro Muñoz Seca que mi abuelo gustaba de recitarme y que yo disfrutaba porque me encantaban por lo sonoro y rimbombante que resultaba mi abuelo cuando lo hacía ... Al final me acabó picando y me leí la obra completa...

Es divertidísima.

(Mendo a Moncada en la Jornada Segunda, en la prisión)

"...Siempre fuiste enigmático
epigramático y ético,
gramático y simbólico
y aunque te escucho flemático
debes saber que lo hiperbólico
no me resulta simpático..."

(Más abajo, esta vez Moncada explica a Mendo el arte de la caza con lumbre, no tiene desperdicio)

Moncada:
Ha de antiguo la costumbre mi padre, el barón de Mies, de descender de su cumbre y cazar aves con lumbre:ya sabéis vos cómo es. En la noche más cerrada se toma un farol de hierro que tenga la luz tapada, se coge una espada y una esquila o un cencerro, a fin de que al avanzar el cazador importuno las aves oigan sonar la esquila y puedan pensar que es un animal vacuno; y en medio de la penumbra cuando al cabo se columbra que está cerca el verderol, se alumbra, se le deslumbra con la lumbre del farol, queda el ave temblorosa, cautelosa, recelosa, y entonces, sin embarazo, se le atiza un estacazo, se le mata y a otra cosa.

Mendo:
No es torpe, no, la invención; mas un cazador de ley no debe hacer tal acción, pues oyendo el esquilón toman las aves por buey a vuestro padre el Barón.

Moncada:
Es verdad. No había caído...Vuestra advertencia es muy justa y os agradezco el cumplido.¡El Barón, por buey tenido!...No me gusta; no me gusta.

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sábado, enero 13, 2007

Para mi abuelo...

Esta vez quiero hacer un pequeño homenaje a mi abuelo materno. Hace unos años que ya no está con nosotros pero su imagen no pierde fuerza para mi porque aparte de todo el cariño que le tenía, estoy seguro que su forma de ser ha tenido influencia en la mía. Era un tipo ocurrente, con mucho humor, autodidacta, y muy templado. Me contaba mil y un chistes, juegos de palabras y acertijos humorísticos, y entre ellos un día me regaló un recorte muy antiguo en el que venía la carta que un suicida remitía a un juez.

Una vez más, el google me ha devuelto un recuerdo porque con solo introducir dos frases de aquella carta, la he encontrado en bastantes sitios, así que, en tu honor querido abuelo, la transcribo en el blog:

" Verá señor juez:

Tuve la desgracia de casarme con una viuda, de haberlo sabido no me hubiese casado, por que ésta tenía una hija, mi padre era viudo, para mayor desgracia, se enamoró de la hija de mi mujer, de manera que mi esposa era suegra de mi padre, y al mismo tiempo era mi yerno.
Al poco tiempo mi padre trajo al mundo un varón que era mi hermano, pero era nieto de mi mujer, de manera que yo era abuelo de mi hermano.
Al correr el tiempo mi mujer trajo al mundo un varón, y como era hermano de mi madre era cuñado de mi padre y tío de su hijo, mi mujer era suegra de su propia hija, yo en cambio, soy padre de mi madre, mi padre y su mujer son mis hijos y además yo soy mi propio abuelo.
Ya ve señor juez, me despido del mundo por que no sé quien soy.


EL DESCONSOLADO "

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martes, octubre 03, 2006

Miedo

Normalmente me considero una persona emocionalmente fuerte pero ayer una única gota de sangre que ni siquiera llegué a ver, me hizo pasar el miedo más grande que he pasado en toda mi vida.

"Estoy manchando". Solo dos palabras fueron suficientes para aterrorizarme. El miedo irracional me duró solo varios segundos. Luego intenté tranquilizarme y tranquilizarla a ella. Tenía que serenarme y conducir hasta la clínica de urgencias.

Gracias a Dios, solo hay sido un pequeño susto. Este es el precio que pagan unos futuros papás novatos.

De repente las películas de miedo han dejado parecerme ni siquiera inquietantes

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domingo, abril 02, 2006

Momentos para olvidar (o no)

Ayer me tocó ser protagonista de un momento “bajo” de la vida.

Iba yo tan ufano con mi medio melocotón hacia el departamento de trajes y tras unos minutos de vistazo a los diferentes modelos existentes, un educado dependiente se acercó por si necesitábamos alguna ayuda. “¿Este modelo que tal es?” pregunté yo concentrado en un traje de un novedoso tejido “lavable”. El señor muy educado me dijo “Parece que están dando muy buenos resultados” mientras desenfundaba la temible cinta métrica y sin darme tiempo a defenderme, me rodeó la cintura con ella.

Tras unos segundos, levantó la mirada para cruzarla con la mía. Fueron unos instantes que me parecieron interminables y dignos de una secuencia de anime japonés, él me miraba, yo le miraba a él, mi medio melocotón nos miraba a los dos, y entonces las palabras surgieron como cien dagas voladoras y me desgarraron el ánimo y el buen rollito de sábado por la tarde:

“Tiene que ir a TALLAS GRANDES”

Arrrrrrrrrrghh...

El insigne señor Álvarez, presidente del El Corte Inglés, debería destinar fondos para que sus dependientes tuvieran conocimientos de psicología, necesarios para estos momentos, porque a punto estuve de romper la tarjeta de compra allí mismo... Así que nos encaminamos hacia el fatídico departamento con todo mi ser destilando humillación y cabreo. Una vez allí, me dispuse a mirar trajes pero... ya no pude. Se me habían quitado las ganas de ver más trajes en bastante tiempo, por lo que salimos de allí a toda velocidad.

Fue una retirada a tiempo, para evitar males mayores y sobre todo para olvidarme al menos por un rato del desagradable incidente.

Ahora cuando lo recuerdo, creo que el dependiente no me habló en un tono demasiado demoledor, incluso me parece que fue más bien como un pésame, “Siento mucho que su delgadez haya muerto”.

De repente me vinieron a la mente, multitud de detalles cotidianos que confirman el veredicto del dependiente del bigote, pero que el cerebro va ignorando para evitar el continuo cargo de conciencia que sobrecargaría las neuronas.

Creo que esto ha sido peor que si mi médico me dijera que tengo que adelgazar o me dará un infarto (que también podrá ocurrir cuando me acerque un día de estos por la consulta).

Así que por enésima vez este año y por miles de enésimas veces en mi vida, creo que tendré que intentar perder peso.

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miércoles, marzo 08, 2006

Experiencias “Tierra, trágame” (II)

Bueno, pues aquí va otra anécdota de hace tiempo. En concreto de 1983. Iniciaba junto con mis hermanos el curso escolar en Granada. Yo empezaba quinto de EGB y tuve un mal comienzo. Como lo he experimentado varias veces, se perfectamente lo que cuesta comenzar el curso en un cole nuevo donde no conoces a nadie ni tienes coleguillas del año anterior. Es bastante duro, sobre todo si en el primer recreo tienes la mala suerte de entrar en la zona de visión de tres hermanos cuyo perfil encajaba perfectamente en el prototipo de matón de cole. Los susodichos eran muy parecidos entre ellos pero con diferente altura y edad. Parecían los Dalton pero en versión “gruesa” y la verdad bastante pendencieros.

En las primeras semanas uno de mis hermanos y yo tuvimos varios encontronazos con ellos pero sinceramente, por superioridad en número, en kilos, en bravuconería y en conocimiento del terreno, no salíamos bien parados.

Como con el paso de los días la cosa no mejoraba, acabamos confesando el problema a nuestros padres, así que ellos en un alarde de estrategia educativa nos apuntaron a clases extraescolares de judo. Pensaron que al menos con unas nociones de judo podríamos manejar la situación y la verdad es que esa decisión nos animó bastante. De manera que con la moral bastante alta, al finalizar las clases, nos dirigimos al gimnasio del colegio donde se impartían las clases de judo. De nuevo empezábamos algo nuevo, pero esta vez para practicar judo. Cruzamos el pasillo que llevaba al gimnasio, abrimos la puerta y vimos a un grupo de chavales en kimono con un profesor también con kimono, mirándonos con curiosidad, y entre los chavales, sobresalían las figuras familiares de tres hermanos gordos en kimono sonriendo. Efectivamente, antes nos zurraban con premeditación y alevosía y ahora lo harían con el beneplácito del profesor.

Mi hermano y yo nos miramos con resignación, resoplamos y entramos dentro. Ni que decir tiene que los alumnos voluntarios para practicar técnicas de inmovilización con nosotros fueron tres de los dos “Mega-Dalton” (encima tenían uno de reserva). Los tíos eran tremendos, no necesitaban mucha técnica, solo tenían que dejarse caer encima tuyo y ya estabas totalmente inmovilizado. Yo no podía creérmelo, al menos antes podíamos escabullirnos algún día sin tener problemas pero ahora nos tocaba el correctivo de manera fija y programada.

El caso es que el fin de la historia no es del todo malo, ya que sorprendentemente acabamos haciéndonos medio amigos del trío “Mega-Dalton”, así que dejamos de ser objetivos de sus fanfarronadas y por fin pudimos integrarnos en el cole con relativa tranquilidad.

Ni que decir tiene, que nuestras clases de judo acabaron pronto, en cuanto dejamos de ser objetivos daltoniles... Y menos mal, porque para remate del tomate, como nuestros padres no veían lo del judo muy claro (que clarividencia) nos mandaban en chandal en lugar de comprarnos el kimono, con lo cual íbamos dando el cante a base de bien.

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jueves, febrero 16, 2006

Hace 25 años

Es curioso, justo en esta semana en la que me han caído 34 primaveras, me he acordado de una anécdota que me ocurrió hace 25 otoños.

Allá por el año del golpe de estado me encontraba con mis padres y mi hermano en Madrid. Estábamos en un bar tomando un aperitivo. Mientras mis padres hablaban en una mesa, mi hermano y yo (según la pauta habitual de los niños que están dos minutos sentados), ya nos habíamos levantados a explorar el bar cuando de repente, nos quedamos totalmente hipnotizados por un engendro electrónico que no habíamos visto nunca. Bueno, ya habíamos visto alguno parecido en Úbeda pero este era el más espectacular. Era una máquina tragaperras.

Hay que ponerse en situación. Era 1981, yo tenía nueve años y mi hermano tenía seis. Todo objeto con sonido electrónico en aquella época nos causaba una sensación de sorpresa que actualmente ya casi nada produce, ni siquiera a los niños que ahora nacen mamando al son de los politonos. La máquina era para nosotros una atracción de feria y encima daba dinero (o eso nos parecía a nosotros).

El gachón que estaba alimentándola, era un ludópata en toda regla, aunque como todavía no se conocía esa palabra, nadie le miraba mal. El hombre echaba monedas de cinco duros de Franco. Las del Mundial-82 estaban por llegar, y las de Juancar, estarían aun despuntando por superar a las del gordito del bigotín. De vez en cuando, el jugador se acercaba a la barra del bar, repostaba cerveza y sacaba algún billete para cambiar monedas y seguir dando de comer a la tragaduros. Transcurrido un tiempo considerable que no me atrevo a cuantificar, el hombre volvió a quedarse sin efectivo así que retornó a la barra para cambiar más billetes por monedas. Pero esta vez, la zona de la barra cercana a la máquina estaba ocupada por otros clientes del bar, de manera que se tuvo que alejar algo más.

Mientras tanto, nosotros seguíamos cerca de la máquina mirando la secuencia de lucecitas. Hete aquí que entra en acción otro individuo, se acerca a la máquina, saca cinco duros del bolsillo y los introduce en la ranura de la tragaperras. Y voilá!, saca el premio gordo de la máquina, veinte mil pesetas de 1981. La algarabía de la máquina al dar el cante del premio era tal que toda la concurrencia se giró para ver al agraciado. En este momento aparece el ludópata con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello infladas como bolígrafos del bingo (esta metáfora se la he robado a los de Gomaespuma).

La atención de mi hermano y la mía se centró entonces en el tenso diálogo entre el agraciado y el desgraciado (y es que una discusión entre extraños en un lugar público, tiene un morbo tan jugoso, y provoca una curiosidad tal, que no ha evolucionado desde los tiempos de Goya). El hombre no-premiado empezó a decir a gritos que él estaba jugando desde hacía mucho tiempo y que tenía la máquina “caliente”. Durante unos segundos pensé en acercarme a tocar la máquina y confirmar dicha aseveración. El hombre si-premiado decía que él no había visto a nadie y que por eso había echado la moneda. La discusión pasó a debate público ya que parte de los clientes cercanos a la máquina también estaban observando el suceso con el mismo morbo que antes he comentado (no hay edad para esto de la curiosidad). El hombre no-premiado intentó usar al camarero como testigo, argumentando que había estado yendo y viniendo para pedirle monedas y que podría atestiguarlo. El camarero se encogió de hombros diciendo que el no se había fijado.

Así que durante unos cuantos minutos, la discusión siguió y siguió, hasta llegar a un punto en que empezó a perder interés para nosotros, cuando de repente, dio un giro provocando que el que escribe esto y su hermanito entráramos a formar parte de la historia. Cuando ya nos disponíamos a buscar otra cosa en la que entretenernos. El hombre no-premiado dijo: “Bueno, pues si no nos ponemos de acuerdo, les damos el premio a estos niños y ya está”.

Obviamente nuestra atención volvió al debate con fuerzas renovadas. Si alguien nos hubiera hecho una foto a mi hermano y a mi en ese momento, hubiera obtenido un retrato de dos niños extraterrestres porque lo único que se vería en nuestra cara serían los ojos saliendo de las órbitas. Ahí estábamos nosotros, con opciones a obtener un premio de veinte mil pesetas. “Que chulo es esto de venir a Madrid” pensaba yo mientras hacía planes para gastar mi parte. Mi hermano tampoco se quedaba atrás, me miraba sin decir nada con una expresión que decía “Madre mía, la de chicles que vamos a poder comprar”. De modo que ahí estábamos nosotros, apostados cerca de los dos hombres para ver si cerraban “el acuerdo”.

Entonces hizo aparición un tercer sujeto, (que maldita sea la hora en la que apareció) y dijo que lo mejor es que se repartieran el dinero. Los hombres se miraron, miraron la máquina, nos miraron a nosotros, y se convencieron. Se repartieron el premio y nosotros volvimos con el rabo entre las piernas, a la mesa donde estaban mis padres a consolarnos comiéndonos las aceitunas del aperitivo.

Mi primera experiencia con las máquinas tragaperras había resultado un fiasco. Supongo que algo tuvo que ver para que nunca más me hayan llamado la atención.

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sábado, enero 21, 2006

Experiencias “Tierra, trágame” (I)

Voy a ver si retuerzo un poco las neuronas que almacenan los recuerdos y haciendo un ejercicio algo masoquista, voy poniendo en el blog, todas aquellas situaciones que a lo largo de mi vida, me han ocurrido y que ojalá no hubieran pasado. Pues si, parece un poco paradójico que quiera recordarlas y sacarlas a la luz pero como también tienen un tizne de humor, creo que esto último vence a la vergüenza que me da recordarlas.

Ahí va una de ellas.

Hace unos años, viajábamos mi hermano y yo en un tren de cercanías hacia nuestro puesto de trabajo (currábamos los fines de semana en un hiper, reponiendo artículos, para sacarnos unas pelillas y pagarnos el carnet de conducir). Pues bien, ese día yo llevaba unas zapatillas en una bolsa, que me había comprado para dejarlas en la taquilla del trabajo y usarlas solo para trabajar. Hete aquí que cuando llegamos a la estación donde debíamos bajarnos, nos apeamos del tren como siempre, cuando de repente, me acuerdo de las zapatillas ¡ me las había dejado en el tren !, Me volví a meter en el vagón rápidamente a cogerlas, y en ese momento el tren comenzó a moverse. Me había quedado dentro y llegaría tarde el segundo día de trabajo. Si dejar pasar un instante, me di cuenta que el vagón estaba en el extremo del tren y que el vagón-maquina estaba al otro lado de la puerta así que inmediatamente y ante la mirada atónita del resto de viajeros, me lancé a aporrear la puerta, gritando que parasen el tren. Varios segundos después, tras ver que no conseguía nada, la mente empezó a funcionar con mas claridad, y entonces me percaté algo importante: Aunque efectivamente, estaba aporreando la puerta del maquinista, el vagón-maquina que estaba aporreando

¡ era último vagón del tren y el maquinista se encontraba justo en el otro extremo del tren!

Entonces me giré y vi al resto de viajeros mirándome con una mezcla de risa y estupor. Miré por la ventana mientras pensaba en lo que le iba a decir al jefe cuando me viera llegar tarde, y justo entonces, el tren se detuvo casi al final de la estación y pude abrir la puerta y bajar al andén. ¿Qué había pasado? ¿Habría realmente un maquinista al final de tren y me habría oído?. Pues no. Mi hermano, había entrado en la sala de control de la estación, al grito de ¡Paren el tren, que mi hermano se ha quedado dentro!, y le hicieron caso. Llamaron por radio al maquinista para que parase el tren.

Esto ocurrió hace unos 14 años y la estación no era muy importante. Si esto lo hiciera alguien hoy en día, como mínimo acabaría en comisaría para dar explicaciones... No creo que hoy se pueda entrar alegremente en la sala de control de una estación de cercanías gritando, ¡Paren el tren, paren el tren!

La verdad es que cada vez que me veo aporreando la puerta del último vagón del tren, me sonrojo. Aunque la entrada de mi hermano en la sala, tampoco se queda corta.

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jueves, enero 12, 2006

Desinhibiciones cotidianas

Cuando menos te lo esperas, te ves inmerso en una situación incómoda en la que no te queda otra opción que resoplar y pensar, “no hay dolor, aguanta y tira para adelante”. Por otra parte, también a veces uno es testigo de momentos en que se rompen las leyes de la física, el tiempo y el espacio.

Hoy he participado en algo que cumple todo lo anteriormente indicado. Me ha ocurrido esta mañana, de camino al trabajo. Tras haber dejado pasar un metro por que iba hasta los topes, me he encaminado al interior del siguiente con ciertas dudas sobre si conseguiría entrar o no porque también iba muy cargado de pasajeros.

He intentado entrar al interior del vagón, pero al llegar al umbral del mismo, había tanta gente dentro que no he podido avanzar más. Así que he pensado “bueno, al menos saldré el primero”. Craso error, ya que detrás de mi, ha entrado otra persona y luego otra y otra más y otra... Y así hasta quince más... Ha sido increíble. No hacía falta agarrarse a ningún sitio. Menos mal que iba escuchando música y he podido “aislarme” un poco de la situación. Me he concentrado en la música, intentando no pensar en la cantidad de “puntos de presión” que estaba sintiendo al mismo tiempo. No es la primera vez que entraba en un vagón de metro lleno de gente o que subo a un autobús repleto, pero sin duda esta vez ha sido la vez que más apretado he viajado en un transporte público. En esos momentos sientes como tu y todos los que te rodean intentan mantener la compostura, pero indudablemente, es una situación bastante violenta, sobre todo porque en cada frenazo o acelerón del convoy, y en un pequeño intervalo de tiempo, eres víctima de una aluvión de contactos provenientes de codos, rodillas, mochilas, culos, tetas, paquetes (de todo tipo), nucas, bolsos y pisotones. Y además con el valor añadido del amplio espectro de alientos y olores de diversa índole que se expanden en el vagón. Gracias a Dios, solo era un trayecto corto y en la siguiente estación me he bajado. Me he acordado de las imágenes del metro de Japón.

Si después de esto, uno no desinhibe, al menos un poco, es que no es humano.

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domingo, diciembre 18, 2005

Bocadillo de queso de un bar de barrio

El viernes pasado viví una de esas experiencias que aparentemente son de lo más normal pero luego cuando las cuento acaban resultando graciosas a la audiencia. O eso me pasó cuando la conté justo después de que me ocurriera. No se si al ponerlo por escrito obtendré el mismo resultado pero me voy a arriesgar.

Comienzo explicando que en mi trabajo llevo unos días especialmente duros por lo que a veces no paramos ni siquiera para comer. Ayer viernes, a las seis de la tarde aún no había comido por lo que al estar cerrada la cafetería de la empresa, decidí salir a comprar un bocadillo para mi y otro para un compañero. Recordaba que en mi camino diario desde el metro hasta el lugar de trabajo había visto un bar pequeño en una esquina que tenía pinta de negocio pequeño, de barrio, sin más pretensiones que las de “estar ahí”. Así que hacia allí me encaminé.

Al entrar en el bar fue como si me hubiera introducido en el decorado de un bar de barrio de un teleserie española. Ocho pares de ojos me miraron con extrañeza, me sentí como si fuera un extraterrestre que acaba de entrar al salón familiar de una casa a la hora de cenar. Todos permanecieron en silencio siguiendo mi entrada hasta el otro extremo de la barra.

El bar era de color marrón, marrón oscuro el suelo, marrón claro las paredes, marrón madera en la barra, adornos de navidad marrones.

La dueña tendría unos cuarenta y muchos, el pelo canoso e iba vestida como una chica joven con vaqueros negros y suéter ajustados. Al otro lado de la barra estaba una mujer algo más joven, con gafas y expresión neutra. Junto a ella una chica joven con cara alegre, posiblemente su hija y finalmente un hombre enfundado en un mono de mecánico.

En medio del silencio reinante, comiencé a hablar. Es uno de esos momentos en los que nadie dice nada porque están esperando a ver que dices tu. "¿Tiene bocadillos?"

Y aquí empieza el surrealismo.

La dueña pone cara de pensar si alguna vez en su vida de hostelera ha hecho un besugo al horno y tras varios segundos me dice “¿bocadillos? Mmmm Si, si que tengo.”

- “¿De que los tiene?” Pregunto yo.
- “De queso” me contesta.

Me pongo a pensar si mi compañero se conformará con un bocadillo de queso y la dueña al verme dudar me dice “También tengo de chorizo”.

Que detalle, pienso yo. Se ve que mis dudas sobre el queso han ampliado la oferta del bar. Esto promete. Además mientras hablamos, todos los contertulios permanecen atentos al intercambio dialéctico. Es obvio que mi aparición les resulta interesante.

En este momento saco el teléfono móvil para llamar a mi compañero y traspasarle la elección de elegir su propio bocadillo. Pero justo antes de empezar a marcar, la dueña me lanza una tercera oferta, consecuencia de mi nueva pausa. “También tengo lomo embuchado”.

Guardo un segundo el teléfono y le pregunto:- “¿Cuánto vale el bocadillo de lomo embuchado?”

La dueña vuelve a entrar en trance, pensado cuanto dinero cobró la última vez que alguien le pidió un bocadillo y al final sentencia: “Cuatro euros”.

El hambre que tenía me impedía ponerle reparos al precio así que iba a pedir los bocatas de lomo pero la situación tan estrambótica del momento estaba dándome morbo así que le pregunto “¿y el bocadillo de queso cuanto vale?”

- “También cuatro euros” me contesta la dueña “es que es un queso muy bueno” me apostilla.
- “¿Y el de chorizo?”.
- “Cuatro euros.”

Entiendo entonces que la tarifa oficial de las seis y cuarto de la tarde son cuatro euros.

Así que saco de nuevo el móvil, llamo a mi compañero, le comento las posibilidades y mientras está pensándoselo, la dueña lanza un nueva oferta adicional “¡¡También tengo lomo a la plancha !!”. Le comento a mi compañero la nueva oferta y al final se decide por el lomo embuchado.

Llegó la hora de hacer el pedido así que me descuelgo con un pedido sorpresa: “Póngame un bocadillo de queso con chorizo y otro de lomo embuchado, por favor”.

La dueña se pone manos a la obra y allí mismo en la barra comienza a realizar la fabricación de los bocadillos. El mecánico retoma la conversación con la mujer neutra (conversación que debería estar teniendo antes de mi entrada) y yo mientras tanto me entretengo en mirar el diverso espectro de color marrón del bar pensando en escribir lo que me estaba pasando. La dueña por su parte coge el queso, coge el chorizo, se para un momento pensativa y se acerca a la chica joven para mascullarle algo, tras lo cual, ésta se marcha del bar dejándome totalmente intrigado. El suspense termina dos minutos más tarde cuando la chica aparece de nuevo ¡¡con una barra de pan envuelta en papel!!. Desde luego los bocatas iban a ser de pan del día.

La verdad es que me resultó muy cómico. Estaba empezando a disfrutar de la situación. Ahora si que ya estaba atento a todos los detalles para no perderme nada.

En este momento hace su aparición un hombre con triste expresión y saluda al mecánico. “¿Qué tal tu dedo?” le pregunta el mecánico. Curioso saludo pienso yo.

El hombre contesta algo con un fuerte acento portugués y no consigo entenderle, pero enseña el dedo índice para que todos lo vean. El mecánico dice “Así también lo tuve yo, se te queda tieso por la tablilla que te ponen, luego poco a poco va volviendo a su sitio”. El portugués triste asiente con resignación.

Vuelvo a mirar a la dueña que esta troceando el queso. Al ver el grado de curación del queso y pensar en el sabor tan fuerte que tendría, cambio de decisión y elegantemente le digo: “creo que solo voy a querer queso para mi bocadillo, parece que tiene buena pinta”. Pienso que así le evitaré la tentación de cobrarme ocho euros por un bocadillo de queso con chorizo.

La mujer me contesta: “Si, este queso es muy bueno, toma pruébalo” y me ofrece un trozo como anticipo. Estoy en un bar de bocadillos con cata previa del producto. ¿Me cobrará 0,25 por el trozo?.

Cuando le llega el turno al bocadillo de lomo, la dueña sale de la barra y se dirige a una puerta en la que hay un papel pegado con celofán en el cual hay una señal de “prohibido el paso” dibujada toscamente y coloreada con rotulador carioca. Segundos después, reaparece tras la puerta con una barra de lomo de unos 80 centímetros, envasada al vacío. Que bárbaro, pensé yo, parece un bate de besibol.

El proceso de sacar la barra de lomo del plástico de envasado al vacío fue costoso y curioso. La dueña empezó a realizar una especie de baile agitando el lomo verticalmente para ver si iba saliendo del plástico. Una vez conseguido el objetivo, comenzó a cortar unas rodajas de lomo cuyo grosor justificaba los cuatro euros. La dueña se percató de ello y como excusa dijo “Yo los bocadillos los hago a mi manera. Cada día me salen distintos”. Risas entre dientes de los contertulios (ñe,ñe,ñe). Ni que lo jures, pensaba yo.

El proceso culminó con el envoltorio de los bocadillos en papel albal y metidos en una bolsa del Carrefour.

Como colofón de este rosario de detalles simultáneamente costumbristas y surrealistas, transcribo una especie de mini-monólogo con el cual la dueña del bar nos amenizó la finalización de los bocadillos, tarea que dicho sea de paso nos tenía a todos absortos:

- “Pues ya no voy a dejar pasar al mendigo nunca más en el bar.”
- “¿Por qué?” preguntan todos a coro (menos yo, claro, que debía de ser el único que no sabía quien era "el mendigo").
- Porque el otro día vino y pidió una copa de coñac, se la puse, se la tomó tranquilamente y cuando se la acabó va y me dice el tío, “Bueno, y ahora, ¿quién te va a pagar esta copa?”.

Esta especie de medio-chiste hizo las delicias de los presentes, que rieron de nuevo entre dientes (ñe,ñe,ñe) y yo esta vez, para no ser menos, esbocé una sonrisa de complicidad con el grupo.

Y así termino, el expediente-x de mi bocadillo de queso. Pagué y me fui, rezando por no olvidarme ningún detalle de lo ocurrido.

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martes, diciembre 06, 2005

Hace casi dos años

(jueves, 15 de enero de 2004 10:49, extraido de un email que mandé a mis ex-compañeros de proyecto)

Esta mañana, iniciando mi nueva andadura laboral (finaliza un proyecto y vuelvo a mi empresa), he salido de casa con mi cartera de rigor y una bolsa "del corteinglé" en la cual llevaba parte del despliegue de cositas que rodean habitualmente mi puesto de trabajo, los bolis, las tijeras, el celo, y alguna cosa más. Me he subido al autobus, me he puesto la radio, he abierto el periódico, he llegado a la parada cercana a mi empresa, me he bajado, he llegado al edificio donde está mi nuevo puesto de trabajo, he encendido el ordenador y cuando iba ha buscar la bolsa para sacar las cositas que llevaba... Arrea!! la bolsa!!! La pobre seguía viajando en el 70 camino del cruce con la calle de Alcalá, (risas), mi vida en diapositivas !!! En dos décimas de segundo (halaaaaa, exagerao) he salido corriendo calle arriba mientras mi visión se volvía computerizada como la de chocherneguer en Terminator. Tan enfrascado iba corriendo y echando los higadillos que la parte de mi cerebro que tenia que haberme avisado que dejara mientras la cartera en la oficina, se ha despistado con lo cual me he autoimpuesto una carga de lastre adicional para el esfuerzo, (pues si que estoy bajo de forma, he pensado)... Mientras evaluaba la situación, mi mirilla (algo empañada) ha localizado la parada de taxis... Blink, idea!! Me he metido en un taxi practicamente por la ventanilla, rezando para que el taxista no llevara un palillo en la boca y mirase de soslayo y gracias a Dios, he dado con un tio muy cinéfilo porque a la voz de "porffgfhghfavor, el auhfjghtobus 70, mi bolfdfdfsa perdida" (repito que iba echando los higadillos) ha arrancado casi chillando ruedas (pero luego ha frenado a los dos metros porque estaba el semáforo en rojo) y hemos emprendido una persecución del 70, que además incluía el juego "Adivina que autobús 70 es" ya que acababa de pasar otro 70 más hacia un minuto... Hemos alcanzado uno, me he bajado (con la cartera otra vez, no sea que el taxista aunque cinéfilo, se pire con ella ha pensado mi otra parte del cerebro, que se podía haber estado callada esta vez), y no era ese autobús, ni el siguiente, que era el 48, en una de las veces por la emoción, en vez de atrás me he metido en el asiento de delante aplastando la sarta de papeles que llevaba el tío delante y jorobándome las rodillas contra la guantera porque no me cabía, (y la $%&* cartera aplastándome el estómago). El buen taxista no me ha dicho nada, el tío me iba recogiendo después de cada intento fallido hasta que allí en la lejanía (pasada la calle Alcalá) hemos divisado el 70 que si que era, mientras el taxista aceleraba cual Fernando Alonso y yo iba rezando a Santa EMT de los objetos perdidos, lo hemos alcanzado y el tío ha cruzado el taxi delante del autobús (el hombre con la persecución ya estaba muy crecido) y yo me he lanzado (cartera en mano) a mirar en el autobús ¿¿y allí estaba la bolsa?? Pues no, chicos, no hay final feliz. Ooooooooooooooooooh, la bolsa había desaparecido y con ella algunos de mis preciados adminículos de oficina que aunque no son nada del otro mundo, les tenía mucho cariño. Ahora están ya en manos de otra persona, que espero que los use también con cariño y se los preste a los compañeros de trabajo, como yo hacía.

En fin, el cabreo ya se me ha pasado pero me da penilla haberlos perdido. Y me odio a mi mismo un poco por lo despistado que fui, soy y seré...

Moraleja: Nuevo año, nuevo trabajo, nuevos bolis y nuevas tijeras, nuevo bote de cerámica de Úbeda donde guardaba mis bolis...

EPILOGO (lunes 19 de enero de 2004, extraido de otro email que mandé a mis ex-compañeros de proyecto))

¡Niños, niñas y pequeñuelos! Me acaban de llamar de Objetos Perdidos de la EMT (Empresa Municipal de Transportes) para decirme que ¡¡ han encontrado la bolsa perdida !! Resulta que también perdí las tarjetas personales en las cuales figuraba mi teléfono!!

Finalmente si que hubo final feliz...

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lunes, noviembre 28, 2005

Paseo por Azca

(...Domingo 20 de Febrero de 2005, una semana después del incendio del edificio Windsor...)

Esta tarde hemos bajado desde casa a la zona de Azca para echar un vistazo a la torre Windsor. La primera impresión que se tiene al verla es una mezcla de asombro, escalofrío y una pizca de morbosidad curiosa. Creo que saber que no hay victimas ni heridos hace que no se perciba el típico topico de "muerte y desolación" que normalmente rodea este tipo de sucesos. Por el contrario, es curioso el efecto de "visita turística" que se ha generado. Hay una multitud formada por visitantes esporádicos, turistas y familias de paseo dominical, que mezclados, pero caminando ordenadamente van siguiendo el "recorrido" perefectamente delimitado por las vallas y los agentes municipales.

Nosotros hemos bajado por la calle Orense y a la altura de la plazoleta del Corte Inglés hemos comenzado la "visita" (insisto en la sensación de "guiri" que teníamos, parecía que nos ibamos a encontrar al guía turístico, junto con el torno y la taquilla al doblar el Starbucks Cofee de Orense). Luego hemos retrocedido de nuevo a la calle Orense y hemos bajado hasta la esquina con Raimundo Fdez Villaverde.


Allí se agolpaba más la gente ya que acaba la "primera parte de la visita" (no es posible acercarse mucho más desde esta zona). La vista del edificio tan cerca con las impresionantes gruas que estan empezando a desplegarse, te saca un poco de las imágenes "de película" que estamos viendo en la televisión en los últimos días y te transmite sensación de cercanía ("si, esto ha pasado aqui mismo").

Luego hemos continuado alejándonos por la calle Agustín de Betancourt hasta la esquina con Rios Rosas y hemos doblado por la Castellana acercándonos de nuevo por detrás de Nuevos Ministerios. Es imposible salirse del itinerario, las cámaras fotográficas, sirven de indicadores. Al encarar la Castellana con Raimundo Fdez Villaverde con mucha más amplitud de horizonte, la vista del Windsor bajo el sol de la tarde y acompañado por las otras torres es de nuevo morbosa...

Para terminar el recorrido hemos vuelto hacia las inmediaciones del Corte Inglés y hemos entrado en el recinto peatonal que se acerca a la torre Picasso para echar un vistazo a la parte de atras desde nos hemos ido alejando hasta volver a salir a General Perón y de allí a casa.

Pasear con curiosidad y expectación por un lugar donde he transitado cientos de veces ha sido de lo más extraño.

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